la mano por la garganta.

- Mi nombre Sundi... ser tu esclavo.

Luego se puso de rodillas y besó las botas del capitán y de Pichín, en un acto de agradecimiento y sumisión.

M

La goleta "Estrella de Mar" seguía surcando veloz aquellos mares, que comenzaban a ser intrincados conforme abandonaban el puerto de Dombu y se acercaban bordeando la parte más oriental de la contigua Sanja, un islote grande con acantilados muy altos y carente de playas, a pesar de la distancia se advertía poca vegetación, tampoco les importaba en demasía, se trataba de rodearla para tomar de nuevo el mar abierto que ya les conduciría, según el mapa, ante un río amplio y navegable en apariencia, que se adentraba hacia el centro de la isla, la duda estaba en cual podría ser el calado del mismo.

Hasta el momento la brisa y el océano se habían mostrado benignos, lo que les permitió acortar días la travesía, estaban felices por ello y el contramaestre calculó que en un par de jornadas avistarían la desembocadura.

Por su parte el capitán, como en el tramo anterior del viaje, no frecuentaba en exceso la cubierta y se pasaba el tiempo recluido en su camarote, escudriñando el plano y buscando estrategias para cuando estuvieran en tierra firme.

M

Pichín y la tripulación habían intimado con el polizón aborigen, que cada día parecía más admitido y que se esforzaba por aprender su lengua, para entenderse con todos con mayor facilidad.

Al atardecer del segundo día, divisaron una mancha en el horizonte, posiblemente la parte sur de la isla de Kiopache, pero poco más podían alcanzar a ver, saldrían de dudas al día siguiente.

Aquella noche Pichín la pasó inquieto, advertía que se avecinaba la parte más difícil a la vez que apasionante, sentía una desazón no experimentada antes, era una emoción de lo más humana, él mismo se sentía feliz por estar inmerso en esta experiencia, que ya hacía mucho tiempo - ni se acordaba cuanto - les pidió vivir, a las Nereidas.

Clareaba cuando salió a cubierta y se encontró con toda la tripulación incluso el capitán, se habían adelantado ávidos de observar la proximidad de la isla y comprobar la veracidad del plano, pronto lo sabrían.

El capitán, mirando por el catalejo, masculló:

- Es enorme parece un mar, pero ¿hasta dónde?

Sundi el hombrecillo exclamó:

-Primero mucho mar... luego río gordo... más dentro río delgado.

Todos le miraron y él con sus enormes ojos pareció telegrafiar, de nuevo, lo que había dicho.

Pasado un buen rato en que navegaron a toda vela, se encontraron con la grata sorpresa de un amplio mar interior con playa en las dos orillas que parecía que había dividido la isla en dos, ninguna dificultad aparente les impediría navegar por aquella lengua de agua a cuyos costados las palmeras se tupían generosas.

Un viento de costado comenzó a sentirse con fuerza, lo que obligaba a estar atento al timonel, para no perder el centro donde el calado era más que suficiente, las instrucciones del capitán fueron las de avanzar todo cuanto pudieran, para alcanzar la zona central Francisco Ponce Carrasco
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