Pichín El Tomate Parlanchín

La ciudad de "Tunquemon"

Pichin el tomate parlanchin en la hemeroteca

Las tres jornadas que tuvo que recorrer habían sido fatigosas y placenteras a la vez, caminaba de día y por las noches buscaba cobijo en las ramas bajas de algún árbol o en alguna cueva que le sirviera de refugio.

Solo tenía en su mente llegar a "Tunquemon", el punto de partida para sus nuevas aventuras. Mientras caminó por el valle, no se cruzó con ningún ser humano, solo flores, árboles y animales del idílico bosque donde residían las Nereidas le acompañaban y le alentaban a que siguiera adelante.

Al amanecer del cuarto día desde una loma, divisó entre la bruma un poblado que identificó como su destino. Anduvo aprisa sin mirar atrás, no quería albergar dudas debía tener fe en sí mismo y en su futuro, que intuía apasionante.

"Tunquemon" era una población muy rural de calles angostas y empinadas por donde circulaba un enorme gentío, muchas de ellas estaban cubiertas por soportales dando abrigo a tiendas y tenderetes, averiguó que era día de mercado por lo que la agitación superaba la habitual. Le llamó poderosamente la atención un hombre de abundante cabello y barba canosa, que rodeado de gente, pregonaba la venta de algo y se acercó.

En el centro de la plaza, próximo a una fuente, huérfana de agua, se encontraban en el suelo pequeños sacos repletos de una gran variedad de hierbas de aromas penetrantes y junto a ellos el hombre vociferaba:

- Yo llevo voluntades. ¿Quién me las compra?

M

Las personas que le rodeaban estaban intrigadas y desde luego no entendían que era aquello que el anciano pretendía ofrecerles.

El hombre, vendedor de tan extraño artículo, lo explicaba diciendo:

- Yo traigo en mis sacos todos los destinos de la tierra; vendo todo cuanto podéis desear; yo hago reyes, ricos comerciantes, terratenientes de inmensas extensiones, ministros, cómicos, cantantes, inventores; cuanto vuestra imaginación sea capaz de concebir lo conseguiréis con mis recetas"

El mutismo era general y la extrañeza también.

Cada cual pensó a su modo, luego le preguntaron:

- Y eso ¿Qué vale?

- De momento, veinte maravedís, y el día que hayáis conseguido lo ambicionado, cada uno me repondrá el dinero que estime su largueza.

Pronto salieron a relucir los maravedíes de este bolsillo y de aquel otro zurrón, las riñas y puñetazos se sucedieron por doquier, con tal de arrebatarle al hombre de sus manos las recetas para ser rey, rico, comerciante opulento, etcétera; nadie pedía ser lo que ya era, ni trabajar en su actual oficio.

- Os advierto - dijo el vendedor mientras entregaba los envoltorios con una pequeña porción de diferentes hierbas, según la petición formulada- que estas explicaciones que, junto a la receta os doy, debéis seguirlas al pie de la letra; si no será inútil conseguir vuestro deseo.

M

Aquel papel perfectamente doblado en varios pliegues decía:

"Si tú tienes deseos de seguir un oficio, una carrera, llegar á ocupar puestos importantes, es preciso tener voluntad".

Esta perogrullada dejaba desconcertados a los más; que continuaban leyendo:

"Para ser hombre rico sin que nadie pueda echarte en cara tu riqueza, deberás ganarla con tu esfuerzo, sin tomar nada de nadie. Para ser rey, estudiar con atención las necesidades de tu país, sus defectos, y virtudes, sus ambiciones, escuchar las ideas de otros y conocer hacia donde quieren ir. Para ser ministro tendrás que pasar muchas noches en vela; deberás pulsar por ti mismo la desgracia y la suerte, serás parco en el mandar y esplendido en escuchar a todos. Para ser terrateniente deberás ocuparte del bienestar de tus jornaleros que se encargan de cuidar tus posesiones..."

"Sobre todo, no debéis olvidaros de que, para ser lo que decidáis es necesario mostraros firmes en el deseo, perseverante en el trabajo, os levantareis al amanecer os acostareis temprano, tendréis que ahorrar todos los días de tres partes dos y viviréis con una, conoceréis y os adaptareis a las costumbres de todos los países en que os encontráis, leeréis mucho, hablareis poco, escribiréis algo... si con fe practicáis estas reglas; si ponéis toda vuestra alma al servicio de vuestra idea, dentro de cierto tiempo conseguiréis vuestro anhelo."

La cita quedó en pie y la gente se disperso, Pichín se acerco al anciano y le dijo:

- Buen hombre veo que los sacos son muchos y quizá es una pesada carga para usted, yo soy joven y le podría ayudar en su caminar por los mercados de pueblo en pueblo.

- ¿Y qué quieres a cambio?-

- Verá yo también tengo mis deseos pero no poseo dinero, trabajaría con usted por unas monedas y por compartir comida y un lecho, no importa lo modesto del mismo, y cuando reúna cantidad suficiente le compraré una fórmula con arreglo a mis inquietudes y habiendo aprendido de su sabiduría, proseguiré mi camino.

Al viejo le pareció una buena propuesta además aquel muchacho le inspiraba confianza, así que le preguntó.

-¿Cuál es tu nombre?-

Él le contesto con premura intuyendo la posibilidad de que fuese aceptado.

- Mi nombre es Pichín.-

Por respuesta el anciano le dijo:

-Date prisa, recoge y anuda los sacos, los de color más claro siempre a un lado y los más oscuros al otro, no deben mezclarse nunca y cárgalos sobre mi burra que está sujeta a un árbol a la entrada de esta plazuela.

Pichín, feliz, se apresuró a cumplir el encargo, sabía que aquel buen hombre le enseñaría mucho de la vida.




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Francisco Ponce Carrasco
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