El bullicio de gente y las conversaciones en voz alta despertaron a Pichín, que se sobresaltó al ver qué en la cama de al lado no estaba el ''maestro''. Se levantó de un salto en el momento en que se abría la puerta de la habitación y entraba el anciano.

- ¡Vaya! dormiste plácidamente y largo tiempo, vengo de ver a mí burro que se encuentra a sus anchas tumbado en la cuadra, ¡anda vístete! que tenemos que bajar a cenar, pues pagado lo tenemos y hemos de aprovechar.-

Pichín se lavó la cara, se vistió y juntos marcharon al comedor para cenar. Se sorprendió de la cantidad de gente que allí había, corrían las jarras de vino, que ahora servían un grupo de guapas muchachas, entre risas, insinuaciones y comentarios con los clientes. Aprovecharon que en un extremo se levantaron dos parroquianos, cogidos por la cintura de dos camareras, y se apresuraron a tomar asiento. El lugar parecía otro, estaba totalmente trasformado, el ambiente era de fiesta con visos de lupanar y más que cenas se consumía vino en cantidad.


M

Se acercó una jovencita, quizá tan solo un par de años mayor que él, y sonriendo les entregó una jarra de vino, esta vez más grande que la de la comida, al tiempo que les dijo:

- Ahora les traigo la cena.-

El muchacho la vio alejarse con su cimbreante andar, sus miradas se habían cruzado un momento, pero lo suficiente para que Pichín hubiese sentido una extraña sensación que jamás antes había experimentado, ella también recogió la dulzura e inocencia del muchacho.

- ¡Guapa chica! como el resto de las mesoneras, una tentación en estos lugares donde la noche desata las pasiones y el dinero corre paralelo al vino, tu eres muy joven y yo muy viejo, deberíamos de cenar y retirarnos lo antes posible.- le dijo el ''maestro''.

De nuevo entrecruzándose con sus compañeras y sorteando clientes, apareció la joven mesonera portando dos cuencos con carne y abundante ración de patatas, en esta ocasión miró directamente a Pichín y sonriendo le dijo:

- ¿Qué hace un mozo tan joven y educado en este lugar?...cuando termines de cenar pasa por la taberna y me veras bailar.- luego alargó su fina mano y revolvió el cabello de Pichín.

El posadero, desde la barra del establecimiento, había seguido desde el primer momento los movimientos de la jovencita que estaba a su servicio, cuando esta regresó a la barra salió a su encuentro, le propinó un par de puñetazos en la cara y la empujó sobre la baranda de la escalera mientras le gritaba:

- Nunca aprenderás, aquí estás para sacar el dinero de los clientes, como todas tus compañeras y no para fijarte en unos desgraciados, que no tienen donde caerse muertos.-

Por unos instantes se hizo el silencio, que apenas duró mientras el posadero, tirando de la joven, la subió por la escalera arrastrándola y sin dejar de golpearla, luego la encerró en una habitación.

Pichín hizo ademán de levantarse, pero el viejo ''maestro'' le agarró del brazo y lo detuvo. Una de las otras mujeres que servían mesas, le comentó a un cliente próximo:

- Hoy se ha ganado otra buena paliza la desgraciada.-

Tras presenciar aquella escena apenas probaron bocado, se les desvaneció el apetito, y ambos se levantaron y marcharon a su aposento.

Pasaron varias horas y Pichín no lograba conciliar el sueño, se revolvía en la cama, nervioso e inquieto, desvelando al anciano compañero, que tampoco podía dormir.
La noche avanzó rápida, el jolgorio y las voces se fueron acallando dando paso al silencio, tan solo interrumpido por cortos espacios de mudo llanto que se escuchaban al final del pasillo, en la habitación de la muchacha golpeada.

Pichín y el ''maestro'' pensaron a la vez en huir de aquel antro, se llevarían a su burro y pondrían a salvo a la chica maltratada. ¿Estaría dispuesta ella? debían comprobarlo.

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Sigilosamente abrieron el cerrojo de su aposento y se dirigieron al final del pasillo, llamaron a la puerta con ligeros golpes y los quejidos cesaron, pero no hubo respuesta alguna por lo que decidieron tomar la iniciativa.

- Somos el anciano y el joven que nos serviste el vino, ¿Cómo te llamas?-

Tuvieron que insistir, la muchacha temerosa de un engaño no respondía, por fin lo hizo y con un hilo de voz les dijo:

- Me llamo Isabella.-

- ¿Quieres unirte a nosotros? pensamos escapar amparados en la oscuridad.-

- Me gustaría ¿Pero cómo? , ¿La puerta está cerrada con llave desde fuera? -

- Verás - apuntó el ''maestro'' - la altura de tu habitación no es mucha y precisamente da a las caballerizas, allí tenemos nuestra montura, anuda unas sabanas y deslízate por la ventana, nosotros te esperaremos bajo, solo tardaremos unos minutos.-

- Gracias, así lo haré y que el cielo les bendiga.-

Pichín y el anciano retrocedieron a su habitación con el mismo sigilo que habían salido, en un fardo pusieron lo más imprescindible y de igual forma saltaron por la ventana fuera de la posada, Pichín corrió con toda la celeridad que sus fuertes piernas le permitían en busca del borrico, mientras el ''maestro'' se posicionó bajo la ventana de Isabella para ayudarla a descolgarse.

Cuando Pichín llegó a las caballerizas no encontró dificultad para entrar, pues el posadero, que a todos cobraba por adelantado, no tenía precaución alguna en aquella zona, recogió los sacos con las hierbas, las puso a lomos del asno con el arnés bien sujeto, y haciéndole gestos para que fuera silencioso salieron con paso cauto hasta donde el anciano y la muchacha temblorosa y malherida le aguardaban, ella subió como pudo a lomos de la caballería, no era tiempo de explicaciones y con el más estricto mutismo, los cuatro se perdieron por la carretera polvorienta adentrándose en la espesura que el cercano bosque les ofrecía, conocedores de encontrar por el momento, un abrigo seguro.




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Francisco Ponce Carrasco
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