PICHÍN El tomate Parlanchín, por Francisco Ponce

El caballo Alado

Pichin el tomate parlanchin en la hemeroteca

Conmovido por su poder e inmerso todavía en el asombro, Pichín aceptaba los beneplácitos y muestras de agradecimiento que los habitantes de Zelianca - ahora con rostro y sonrisa visible - le tributaban, en especial los que provenían de su anciano amigo, que se mostraba tremendamente dichoso....

Ultimados los preparativos y con elevada moral, se prepararon para iniciar su viaje al mundo de las Nereidas. Pichín sentía la imperiosa necesidad de agradecer los dones recibidos, pero también ansiaba aprender y conocer más del mundo de estas hadas bienhechoras.

El caballo, ''Alado'', se encontraba restablecido y ansioso por favorecer a su salvador de alguna forma y que mejor que ayudarle a que este cumpliera su deseo.

La mañana calma y con un sol fulgente, comenzó a inundar de dorados rayos el horizonte, era el momento. Pichín se subió a lomos del caballo volador y este con un fuerte impulso y batir de sus alas, se elevó hacia las alturas.

''El tomate Parlanchín'' a pesar de su fama de persistente hablador permanecía mudo, apenas podía decir nada, aferrado a las blancas crines del caballo veía menguar los bosques y prados por debajo de él y todo parecía como un inmenso cuadro pintado con mil colores cada vez más distante.

Llevaban un buen tiempo volando, cuando de repente se adentraron en una zona en la que aparecía un paisaje totalmente blanco, sin embargo no eran montañas nevadas ni hacia frío, el viento más bien era cálido y la temperatura iba en aumento, bajaron un trecho y observaron unas elevadas dunas blancas que se extendían en la distancia hasta perderse en el horizonte, el cielo tomaba un intenso tono púrpura que al reflejarse sobre el suelo, este tomaban un falso y fulgente color ámbar.

Visiblemente fatigado ''Alado'' le manifestó a su amigo: 

-Pichín, me siento extenuado, este viento en contra es pesado y se hace difícil avanzar.-

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Mientras hablaban ambos sintieron como unos diminutos pero hirientes granitos de sal que les impactaban con fuerza.

-Debemos guarnecernos.- le indicó Pichín - una fuerte tormenta de sal se aproxima y no podrás volar, cambiemos el rumbo hacia la izquierda por donde aparece ese claro en el cielo.-

Así lo hicieron sin saber que aquello que en apariencia parecía una zona más despejada no era sino el núcleo central de la tormenta. La tempestad desatada sobre las extensas dunas salinas elevaba una nube asfixiante. La desesperación hizo presa en Pichín que se acusó a sí mismo por la situación además de poner en peligro la integridad de su amigo el caballo ''Alado'' que daba signos de verdadero agotamiento. Tomaron la decisión de bajar al suelo fuese lo que fuese, lo que allí encontraran.

Cuando alcanzaron aquella inhóspita superficie, lograron guarnecerse al abrigo de una roca, de las pocas que pudieron encontrar. Por fortuna pasada unas horas se apaciguó la tormenta de sal y una intensa y silenciosa quietud les invadió. Pichín, turbado y afligido se apoyó sobre el cuello del caballo para sentir su compañía y recibir la calidez de su cuerpo, ambos se durmieron.

Cuando despertaron se vieron rodeados por unos veinte pequeños hombrecillos que les observaban, eran seres de apenas medio metro de altura que se asemejaban a muñecos de algodón, en realidad eran de sal y se movían con lentitud. Un nuevo grupo de estos personajes se les acercó, Pichín y ''Alado'' advirtieron por sus gestos que les pedían que les siguieran y así lo hicieron.

Despacio caminaron un corto trecho, atravesaron unas cuantas rocas como las que les había servido de cobijo, hasta que alcanzaron una de gran tamaño con un orificio en su base a modo de puerta por la que ''Alado'' apenas cabía y entraron a una gran sala iluminada por infinidad de antorchas que proporcionaban luz y calor.

En medio de su asombro y curiosidad pudieron escuchar una estridente música de fanfarria anunciando la presencia del "Gran Sal" curiosamente era el hombrecillo de aspecto más reducido de los que habían aparecido hasta entonces. Acercándose les dijo:

- "Estáis en el reino de las "Almas Saladas" somos un pueblo en peligro de extinción, pues la lluvia y la humedad en los últimos lustros están destruyendo una gran cantidad de habitantes".

Luego supieron que estos hombres y mujeres, vivían en una zona en la que los últimos años el clima había experimentado un cambio extraño y de ser seco y caliente había pasado a húmedo y lluvioso, lo que les obligaba a permanecer dentro de esa gran gruta bajo tierra donde ahora se encontraban.

El "Gran Sal" tomándoles por semidioses, les imploró que hicieran algo para evitar ese desastre y Pichín entendiendo que podía ayudarles y que quizá la fuerza de su propio destino le había empujado hasta allí, les pidió que con él, salieran todos fuera del recinto, sacó la piedra roja y frotándola tres veces sobre el suelo, solicito la ayuda de las Nereidas.

De inmediato, originando un leve susurro, se elevaron millones de pequeños cristales de sal semejante a varias gigantescas cortinas, que fueron formando una enorme cúpula que se perdía en el horizonte. Amparados por esta prodigiosa bóveda transparente podrían salir al exterior sin miedo pues estaban protegidos, tan solo se les imponía una obligación, que trataran su entorno ambiental con respeto, de esta forma con el tiempo podrían conseguir que el clima originario se restableciera.

Asombrados, todos aclamaron a Pichín,

Conmovido por su poder e inmerso todavía en el asombro, Pichín aceptaba los beneplácitos y muestras de agradecimiento que los habitantes de Zelianca - ahora con rostro y sonrisa visible - le tributaban, en especial los que provenían de su anciano amigo, que se mostraba tremendamente dichoso. 

Tras dos días de euforia y celebración general, salió de la ciudad en olor de multitudes, atrás quedaban los vítores y las lagrimas de gratitud.

Alejado ya del lugar, caminando por un verde y fértil valle, le asaltó la necesidad de agradecer a las Nereidas la maravillosa dádiva con que le habían favorecido.

Continuó su marchar pero ya con la decisión tomada y el deseo cada vez más acusado por encontrarse de nuevo con sus protectoras. Sin embargo él sabía de la dificultad que tenía su nueva misión, ya que no podía ejercer sus poderes para su propio beneficio, por cuanto se hacía preciso encontrar a alguien que hiciera de transmisor de su deseo.

Ensimismado y afligido por este inconveniente, se sobresaltó al escuchar extraños ruidos y vio a lo lejos, en la pradera, como las doradas y altas espigas de trigo se agitaban con movimiento oscilante y violento, siguió avanzando, ahora con cautela, era evidente que se estaba desarrollando una incruenta lucha, ¿pero quienes eran los contendientes? Por fin consiguió acercarse lo suficiente como para ver a un hermoso corcel blanco que se debatía, en pelea desigual, con cinco siniestros buitres de gran tamaño que le atacaban incidiendo, uno tras otro, en la herida que le habían abierto en el cuello, con la pretensión de ocasionarle la muerte para devorarlo.

Pichín quiso de inmediato acudir en su ayuda y le gritó al caballo que para salvarle de aquella terrible situación, precisaba que se lo pidiera, el animal con rapidez le contestó:

-     ¡Quítame estos buitres de encima!

Ya tenía la primera de las premisas, el deseo manifiesto del animal, ahora precisaba frotarle la piedra roja, en alguna parte del cuerpo para que tuviera efecto el hechizo.

Debía acercarse con prudencia y cuando ya estaba próximo, una de aquellas siniestra aves voló vertiginosa hacia él y le dio un tremendo picotazo que le desgarró la piel de un costado al tiempo que lo lanzó por el aire yendo a parar encima del caballo, instante que aprovechó, raudo, para frotar tres veces la roja piedra que no abandonaba de su mano y el prodigio volvió a surtir efecto. Los buitres comenzaron a girar sobre si mismos clavándose el desgarrador pico en su propio cuerpo y así, de esta forma, entre graznidos y contorsiones desaparecieron por el horizonte.

Maltrechos y heridos respiraban jadeantes y a la vez contentos por verse salvados de aquel peligro. El caballo abatido en el suelo miró a su salvador, en sus ojos había una expresión de emocionada gratitud, tan grande, que sobraba cualquier palabra, pero le dijo:

Me libraste de la envidia de estos buitres desalmados que no quieren que surque el cielo y que, mandados por algún ser maligno, pretendían aniquilarme o al menos dejarme sin la facultad de volar.

- ¿Volar? - interrogó Pichín.

- Sí...cabalgar por la pradera y volar, puesto que soy un corcel con alas, descendiente de la estirpe ''Pegaso''.

Pichín en el transcurso de la pelea no había tenido tiempo de reparar en las alas del corcel, ahora se fijó en lo admirables que eran a pesar de estar manchadas de sangre producto de aquel salvaje ataque.

Pasado un tiempo ambos curaron de sus heridas, Pichín todavía tenía una acusada cicatriz en un costado pero sanaba con rapidez, el caballo comenzó a correr por el prado y de nuevo se ejercitaba en cortos vuelos.

Una noche Pichín le habló de las Nereidas...´Alado'' se apresuró a ofrecerse para transportarlo en su lomo, volando por los cielos de atardeceres violeta, hasta donde se encontraba el oculto mundo de las hadas. Todo comenzaba a tener sentido para los propósitos de nuestro héroe, el destino, de nuevo estaba de su parte.


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Francisco Ponce Carrasco
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