PICHÍN El tomate Parlanchín, por Francisco Ponce

El hacedor de ilusiones

Pichin el tomate parlanchin en la hemeroteca

Tengo tanto por aprender, tanto que conocer para formarme en todo lo que las ''Nereidas'' me han dicho, que no se donde adquiriré tal cantidad de experiencias. Pichín reflexionaba, turbado por los acontecimientos, en aquel rincón del desordenado vagón de tren donde había logrado subirse sin ni siquiera conocer su posible destino. Solo quería recorrer mundo.
Al fondo del vagón, junto a los equipajes, le llamó la atención una caja de madera en cuyo costado había una inscripción que decía Como conseguir las ilusiones.
Intrigado se levantó con intención de inspeccionar el contenido de aquella especie de cofre. Abrió con cuidado la tapa, le costo bastante esfuerzo, pero sabía que las cosas que uno desea siempre requieren sacrificio para conseguirlas. Por fin la tapa cedió, a primera vista solo encontró abundante cantidad de serrín, sin pesarlo dos veces metió la mano y revolvió la superficie, nada, pensó que todo era una alucinación que le producía el sueño y el cansancio que acumulaba, de repente sus dedos tropezaron con algo, pudo cogerlo, se trataba de un pergamino atado con una cuerda rudimentaria tejida con filamentos de plantas, su interior contenía algo duro, se apresuró a leer:
Esta pequeña piedra roja, sirve para conseguir hacer realidad las ilusiones, se frota con suavidad, tres veces, sobre una persona, animal o vegetal y se cumplirá su deseo, el que la posea no podrá utilizarla para sí mismo, si lo hiciera, la piedra se desharía. He logrado que se cumplieran grandes deseos ajenos y he visto lágrimas de agradecimiento, lo que me hizo feliz, pero también he sufrido cuando he sido engañado y al utilizarla lo hice con quienes escondían odios, venganzas y desastres. Cansado de tener este poder abandono a su suerte el talismán, con la esperanza de que quien lo encuentre sepa utilizarlo con rectitud y en provecho del bien. El hacedor de Ilusiones.
Pichín, no lo dudó, se guardó el escrito y la pequeña piedra roja. Estaba seguro que esa sería una buena forma de acumular experiencias, pensó también en utilizarla bien y no dejarse engañar por nadie, este poder junto al don de la palabra le podía dar mucho juego. Comprendió que las ''Nereidas'' habían tenido mucho que ver con ese hallazgo y que no podía defraudarlas.
M
El chirriar de las ruedas del tren le avisó de que este se detenía, se asomó y divisó una pequeña estación que le sugirió un pueblo apartado y pequeño, no lo pensó dos veces y se bajó. El andén estaba desierto tan solo vio un anciano, con aspecto descuidado, que estaba sentado en un arcaico banco, se acercó hasta él y le preguntó.
-¡Señor, soy Pichín!, el tomate parlanchín, y quisiera saber que lugar tan apartado es este. El anciano lo miró.
-Dichoso tú que no solo puedes hablar, sino que tienes interés por saber cosas. Yo sin ilusiones vivo en este abandonado lugar y todos los días vengo para ver pasar el tren, siempre quise subirme en él para conseguir llegar a la ciudad de Zelianca, pero por unas cosas o por otras no lo conseguí y ahora con mis años se que ya no podré.

Pichín vislumbró la oportunidad de comprobar el efecto de la piedra roja devolviéndole la esperanza a aquel hombre:
-Yo puedo hacer posible tu deseo, si aceptas que te acompañe y el alcanzar Zelianca tiene un noble fin.
¿Te parece honroso encontrar a mi nieta que marchó con su madre hace siete años y aun no se nada de ellas? sollozó. Ambos se fundieron en un abrazo e hicieron planes para alcanzar el deseo del anciano.



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Francisco Ponce Carrasco
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