PICHÍN El tomate Parlanchín, por Francisco Ponce

Se venden deseos

Pichin el tomate parlanchin en la hemeroteca

<P>Cuando el señor Sancho, aquella mañana de noviembre, tomó posesión del reducido y sucio cuchitril en la calle Esperanza número 25, que en otro tiempo había sido utilizado como almacén de abonos, nadie hubiera imaginado lo que unas semanas después sucedería.</P>
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<P>Apenas amaneció José Manuel, pertrechado con un mono de trabajo de color azul cobalto y una mochila en la espalda comenzó a fumigar todo el invernadero.</P>
<P>Una gran mayoría de invernáculos de aquella zona se encontraban infectados y la ruina se cernía amenazadora sobre la débil economía de los agricultores, que por más que intentaban salvar las cosechas, estas eran devoradas por los parásitos, gusanos y toda clase de plagas que nos agredían.</P>
<P>Me encuentro maltrecho a pesar de mi fama de ''tomate parlanchín'' no tengo ganas de nada, estoy harto de recibir el impacto de esa nube pestilente que nos envuelve y que como en las veces anteriores no solo no sana las matas llenas de infectos bichos, sino que mi piel queda pintada de viruela por el contacto con ese agresivo producto.</P>
<P>José Manuel y su familia están desesperados, si nosotros los tomates nos morimos quedaran hipotecados por el gasto de las semillas, abonos, plaguicidas y enseres que han comprado a crédito en espera de vender la producción. Aquella noche nadie durmió y la pequeña Lucia, de diez años vio a sus padres abrazados llorar impotentes. La luna se escondió tras una negra nube, abochornada.</P>
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<P>MPDurante quince días Sancho se afanó en adecentar aquel chamizo que había alquilado. Tras deshacerse de trastos inservibles, limpiar el polvo que había conquistado cada rincón y reparar las ventanas, colocó una mesa junto a la puerta de la entrada, sobre ella un desportillado jarrón del que asomaban tres espigas secas de dorado trigo y terminó su labor colgando un cartel en la puerta cuyas letras pintó en rojo.</P>
<P>Las dos siguientes semanas fueron desalentadoras, un gran número de curiosos se detenían ante su puerta leían el cartel "Se venden deseos" y se marchaban incrédulos.</P>
<P>En alguna ocasión los vecinos se aventuraban a curiosear por alguna de las ventanas y siempre se topaban con la incansable sonrisa del señor Sancho que les hacía un gesto para que pasaran, entonces miraban hacia otro lado y desaparecían.</P>
<P>Una noche, llamaron a la puerta de la calle Esperanza 25. Sancho abrió y se encontró con una niña de corta edad que señalando el cartel lo miraba inquisidora. Lucia le dijo que ella quería comprar un deseo y le mostró una alcancía haciendo sonar las monedas de su interior. El señor Sancho le proporcionó una pequeña hoja de papel y un lápiz, le indicó que escribiera su deseo y lo depositara dentro de una pequeña botella de cristal color ámbar, antes le advirtió, que debía desear con mucha fuerza lo que quería conseguir y que solo sería cumplido, si no implicaba la desgracia de otra persona.</P>
<P>Luego puso en el recipiente un grano de trigo que arranco de una de las espigas, tapo la pequeña botella y entregándosela le indicó que debía abrirla con cuidado en el lugar donde quería que se cumpliera su deseo.</P>
<P>La muchacha marchó dejando la hucha sobre la mesa. Con rapidez llegó al invernadero se coló por un roto del plástico que cubría un lateral y alumbrada solo por la luna que salio a recibirla, se situó frente a mí, abrió con delicadeza la botella de la que comenzó a salir un volátil humo que impregnó de un aroma dulzón el invernadero, conforme aquellas espirales se iban esparciendo, todos los bichos perniciosos caían al suelo tras un chasquido.</P>
<P>Dos días después aquella joven regresó pletórica al número 25 de la calle Esperanza. El señor Sancho se había marchado pero la puerta se encontraba entornada y entró. Encima de la mesa, ahora vacía, solo halló su hucha y una carta con su nombre. La abrió: "Lucia, solo tu confiaste en mí, quiero que recojas tus monedas y las repartas en la tierra, bajo de las matas hasta donde alcancen, esto hará que los tomates mejoren todavía más. Pon siempre empeño en conseguir tus deseos". La joven hizo lo que se le pidió.</P>
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<P>Dicen que somos ricos y de primera clase, aptos para exportación. Pichín guiñó un ojo al resto de los tomates y dijo: "Que bien iremos a conocer mundo, para poder contar nuevas historias".</P>

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Francisco Ponce Carrasco
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