La Huella

Todos miraron hacia el sitio indicado, pudiendo ver una pisada reseca, que evidenciaba un pie ensangrentado y descalzo. Supusieron que se encontraban tras la pista del Capitán, quien al parecer estaba claramente herido.

A partir de este momento se trataba de seguir el rastro y emprendieron la búsqueda que les llevó a una estrecha senda cuyo destino ignoraban, pero que hacía presumir que era el camino que había seguido el fugitivo, en ocasiones cuando las copas de los árboles dificultaban el paso desaparecía la pista, para volver a revelarse ante un nuevo claro en la ruta.

Llegaron a un frente rocoso donde a través de una abertura angosta parecía que el sendero se abría paso, sin embargo la noche se estaba haciendo presente, por cuanto decidieron acampar, reponer fuerzas y emprender las pesquisas con las primeras luces del nuevo día.

Ocupando como respaldo y cobijo unas losas de piedra con superficie plana que constituían la parte baja de aquel macizo, hicieron un pequeño fuego, tomaron algún alimento y se reunieron en proximidad con sus equipos para dormir. Previamente dispusieron turnos de vigilancia por parejas, cada dos horas, para prevenir cualquier contingencia.

Antes de aposentarse para reposar Sundi dijo en voz alta:

-       Ser extraña la gran resistencia del Capitán.

 Pichín, que se encontraba próximo, también opinó para que le escucharan:

-       Me preocupa más la desaparición y aparición constante del rastro, parece como si se nos provocara a seguir por un camino calculado.

Las amazonas que les acompañaban guardaron un significativo mutismo, mientras en sus rostros una sombra de vacilación también se hacía presente, aquella franja de selva les era desconocida, ya que los habitantes de Atimon, difícilmente hacían incursiones fuera de sus límites.

Luego una quietud agobiante les rodeó como si quisiera aislarles del resto del mundo. Era una sensación verdaderamente escalofriante, porque el silencio en la espesura de aquellos parajes estaba acompañado por miles de sonidos característicos de la selva. Era un silencio que retumbaba en los oídos y lesionaba los sentidos.

Allí no se movía nada, a pesar de que todo estaba en continuo movimiento. Se podía escuchar el suave reptar de algunos pequeños e inquietos animales bajo el espeso manto de hojarasca que cubría el suelo del bosque, que a tan solo unos metros habían dejado atrás.

Le correspondió a Pichín realizar, junto a una de las amazonas, el primer turno de vigilancia lo que le permitió seguir dándole vueltas a su cabeza sobre la realidad de aquellas inequívocas y a la vez extrañas circunstancias que le asaltaban, referidas a la pista que seguían.

Apenas amaneció las amazonas se pusieron en pie, hablaban entre ellas y esperaban apartadas a que Pichín diera las órdenes de continuar la batida.

Cuando todo estuvo dispuesto recorrieron el escaso trecho que les separaba de aquella abertura que hacía de puerta natural, por donde algunas pequeñas manchas de sangre denunciaban el paso del evadido.

El grupo expectante, caminaba sin decir palabra, totalmente en silencio, pensando en la posibilidad de que podían encontrarse con el Capitán que emboscado les sorprendiera, le sabían armado. Cuando querían comunicarse, lo hacían por señas.

Pichín admiraba la forma de moverse de las mujeres guerreras que les acompañaban, la compenetración extraordinaria que tenían y si no fuera porque sabía que iba con ellas, podía parecerle que no existían por lo desapercibidas que caminaban, siempre por delante de ellos.

La sangre, cada vez más fresca, auguraba un desenlace próximo y la evidencia de que el estado del Capitán era lastimoso.

El entorno se había convertido de repente en un vergel de vegetación y vida, los gritos agudos de pequeños y atrevidos monos con incipiente mechón blanco, que reconocieron como crías de ‘Dimbas’ que saltaban de rama en rama, el agudo y penetrante canto de multitud de aves exóticas, provistas de plumajes de fuerte colores que se dejaban ver a los ojos profanos del invasor, bajo la inmensa bóveda del cielo y junto a la generosa cúpula vegetal que les cubría.

Las amazonas se quedaron inmóviles, una se retrasó hasta donde caminaba Pichín para informarle que el rastro, de nuevo, se había perdido de forma repentina.

Tras analizar la situación todos convinieron que lo sensato era seguir el camino, debían despejar aquella duda y conocer a donde conducía el sendero que desde que entraron por la abertura, era cada vez más ancho, de una tierra más fina y gualda, lo que no quitaba que siguiera un trazado natural con cantidad de curvas pronunciadas, siempre sorteando los robustos árboles de su vereda.

Como el terreno lo permitía, caminaban ahora más agrupados bajo la arboleda, seguían escrupulosamente el trayecto, y pensaron que la desaparición del rastro podría deberse a que el fugitivo pudiera atajar por la espesura, lo que entendían como ilógico, puesto que el Capitán desconocía el trazado. El calor y el cansancio les hacia avanzar ahora más lentos.

De improviso, a unos cuatrocientos metros por delante, cuando una nueva revuelta surgía, escucharon como se quebraban las ramas de un árbol y vieron que con ellas un bulto pesado en forma humana se desplomaba al suelo desde la altura, produciendo un fuerte estruendo, y provocando una desbandada de aves que se elevaron alborotadas hacia el firmamento.

Francisco Ponce, Pichín el tomate parlanchín, la Huella,